martes, 29 de marzo de 2011

Las tuneras (Opuntia spp) (I)

Sin duda cuando se habla de tuneras en Canarias nos asaltan sentimientos encontrados. Están entre nosotros desde el siglo XVII, ya eran parte de nuestro paisaje en el s. XVIII, y muchas veces a lo largo de nuestra historia nos proporcionaron alimento, forraje en época de escasez, e incluso una fuente de riqueza con el cultivo de la cochinilla. 

Su presencia en nuestros campos, nuestra historia y nuestra cultura es innegable. Por otro lado, las tuneras se comportan como elementos invasores en casi todos los ecosistemas insulares, salvo quizá las altas cumbres de Tenerife y La Palma. Su fácil forma de propagación, tanto por semilla como por fragmentos de sus pencas (tallos transformados en pseudo-hojas), las hacen ser muy agresivas y capaces de colonizar nuevos terrenos y sobre todo, de mantenerse en los que ocupan. Impiden y dificultad la regeneración natural, cambian la química del suelo, además de la seria dificultad de erradicación. Todo esto les hace ser consideradas como especies invasoran en gran parte del Globo.
En Canarias hay citadas 6 especies de tuneras: Opuntia dillenii, Opuntia maxima, Opuntia robusta, Opuntia tomentosa, Opuntia tuna y Opuntia vulgaris. De éstas, son Opuntia dillenii, la tunera india o de tunos tintos, y Opuntia maxima (=Opuntia ficus-indica), la tunera por excelencia, las más extendidas, presentes en todas las Islas, y ocupando, la primera los tabaibales y cardonales más xéricos, y la segunda desde el cardonal húmedo hasta el monte verde y el pinar. Otra tunera presente en todas las islas es la tunera de terciopelo, Opuntia tomentosa, que alcanza casi porte arbóreo y se restringe a las medianías. Opuntia vulgaris se limita a las zonas próximas a casas de campo y zonas urbanizadas, y las dos últimas son mucho más raras, limitándose, hasta el momento, a citas puntuales de escapes de jardines.
Las tuneras en Canarias son quizá, el ejemplo más claro de necesidad de control pero de imposibilidad de erradicación. Nunca desaparecerán de nuestros campos de labor, ni sería bueno que así sucediese, pero debemos evitar que sigan propagándose en los espacios naturales que deseemos recuperar y proteger.

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